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El primer deber de la Iglesia

Argumento doctrinal

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Sin duda, es muy positivo que hayan sido conservados la misa y los sacramentos auténticos por el clero que permaneció fiel a la fe. Sin embargo, debemos lamentar no escuchar la voz de Pedro entre nosotros y preguntarnos si la batalla se libró realmente como se debía. ¿No es acaso el primer deber de la Iglesia, cuando existe una duda seria sobre un pretendiente al papado, tratar de remediar esta situación? ¿Existe otra roca sobre la que pueda fundamentarse la misión divina de la Iglesia de hacer brillar en todas partes la luz de la verdad, la única que puede salvarnos? ¿No es necesario que esta roca pueda ser identificada sin lugar a dudas por todos los miembros de la Iglesia?

No solo el mundo católico, hoy dividido, necesita desesperadamente recuperar con certeza la voz de Pedro, sino que el mundo entero, que se hunde en la apostasía, no podrá encontrar ningún remedio sin que la barca católica esté en manos de un católico.  Este es el principal problema de este mundo, el más importante, el más urgente, el que debe resolverse antes que cualquier otro. No reconocemos la voz viva del Vicario de Cristo y, sin ella, no se podrá hacer nada para revertir la situación y restablecer el orden. Debemos trabajar para esclarecer esta cuestión de la legitimidad de los pontífices modernos. Es un deber grave, especialmente para los obispos fieles, que encarnan hoy la autoridad visible de la Iglesia.

Si la Sede de Pedro estuviera realmente vacante, o más bien ocupada por un no católico, como piensan muchos, la elección de un verdadero Pontífice sería el primer deber de la Iglesia. Si tomamos las constituciones que rigen la vacancia de la Sede Apostólica y la elección del Romano Pontífice, todas insisten en la imperiosa necesidad de elegir un Sumo Pontífice: «una grave obligación impuesta a la Iglesia por derecho divino», nos dice Pío XII en la Constitución Apostólica Vacantis Apostolicae Sedis (8 de diciembre de 1945). Y san Pío X, en la Constitución Vacante Apostolica Sede (25 de diciembre de 1904), enseña: «Estando vacante la Sede Apostólica, el deber más grave y más santo es elegir, como cabeza y pastor supremo del rebaño del Señor, para gobernar con atención y solicitud la Iglesia católica, a aquel que, sucediendo en este estado al bienaventurado Pedro, representa en la tierra la persona de Cristo Jesús».

El Papa Bonifacio VIII, en su famosa bula Unam Sanctam, nos advierte: «Ahora bien, declaramos, afirmamos, definimos y pronunciamos que la sumisión al Romano Pontífice es necesaria para la salvación de toda criatura humana». ¿Cómo no poner en peligro la salvación si se ignora por completo la presencia de Pedro en la Iglesia?

 

Unam  Sanctam

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