
¿Dónde se encuentra hoy el remedio?
Argumento doctrinal
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La cuestión de la legitimidad del pretendiente a la Sede Apostólica no puede estar en manos de quienes no profesan la fe católica. Esto nunca ha ocurrido en la historia de la Iglesia. Nunca fueron los herejes quienes aportaron una solución a las diversas crisis de la Iglesia, sino el clero que permaneció fiel a la fe.
«Hay, dice san Cipriano, un solo Dios, un solo Cristo, una sola Iglesia de Cristo, una sola fe, un solo pueblo, que por el vínculo de la concordia está establecido en la sólida unidad de un mismo cuerpo. La unidad no puede dividirse: un cuerpo que sigue siendo único no puede dividirse por la fragmentación de su organismo.» [1]
Por lo tanto, no puede haber dos Iglesias, como algunos imaginan
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una Iglesia de la jurisdicción, de la legalidad, de la autoridad, por un lado, que no habría conservado la fe íntegra, pero que habría conservado el derecho de elegir al Papa o de determinar su legitimida;
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y una Iglesia de la fe, de la misa y de los sacramentos, que no tendría ningún título legal para elegir al Sumo Pontífice.
Tal concepción no es católica. La parte de los pastores que conservó la fe sin flaquear también conservó necesariamente la jurisdicción de la Iglesia. Escuchemos las enseñanzas de Su Santidad el Papa Pío XII:
«Por lo cual lamentamos y reprobamos asimismo el funesto error de los que sueñan con una Iglesia ideal, a manera de sociedad alimentada y formada por la caridad, a la que ― no sin desdén ― oponen otra que llaman jurídica. Pero se engañan al introducir semejante distinción, pues no entienden que el divino Redentor, por este mismo motivo, quiso que la comunidad por Él fundada fuera una sociedad perfecta en su género y dotada de todos los elementos jurídicos y sociales: para perpetuar en este mundo la obra divina de la redención. Y para lograr este mismo fin, procuró que estuviera enriquecida con celestiales dones y gracias por el Espíritu Paráclito.» [2]
Mons. Mauro Cappellari (futuro Gregorio XVI) nos enseña
«La parte de los pastores que, en medio de las contradicciones más hábiles, las pretensiones menos fundadas, las usurpaciones más ilegítimas, [...] opondría una resistencia invencible y sería la única que escaparía a la seducción, ese clero, digo, compondría exclusivamente la verdadera Iglesia y tendría, por consiguiente, las notas y cualidades de la verdadera Iglesia. [...] La Iglesia debe subsistir siempre tal y como la estableció Jesucristo y, por consiguiente, mantener siempre y a pesar de todos los ataques la forma esencial de su gobierno. Pero esta perpetuidad ya no se encuentra en la parte de los pastores que no se resisten a las innovaciones. Por lo tanto, solo hay que buscarla en la parte que las rechaza. Solo esa será la verdadera Iglesia.» [3]
[1] San Cipriano de Cartago, De Catholicæ Ecclesiæ Unitate, 23, citado por León XIII en su encíclica Satis Cognitum (29 de junio de 1896), 5
[2] Papa Pío XII, Mystici Corporis, 65
[3] D. Mauro Cappellari, Il trionfo della Santa Sede e della Chiesa contro gli assalti dei Novatori combattuti e respinti colle stesse loro armi (Venezia: Giuseppe Battaggia, 1832), 21 (Discorso preliminare, § XII). Obra reeditada durante su pontificado.